Bajamos a desayunar, Kiyoko nos
recibe con cosas ricas y sonrisas al por mayor. Hoy vamos a Nara, y tratamos de
coincidir para encontranos con Ginés, que llegó ayer desde Australia, no es
fácil porque sólo tenemos internet en casa de Kiyoko, y él en el hostel, cuando
salimos, estamos incomunicados. Lo último que le decime es “estamos saliendo”.
Al llegar a la estación sentimos
que nos hablan, es Ginés! Calculó el tiempo que tardaríamos en llegar, y nos
fue a esperar, pensando (correctamente) que sería la forma más fácil de
encontrarnos. Juntos, empezamos a recorrer las calles de Nara.
La estación es muy bonita, y
aunque Nara es un lugar chico tiene un centro con muchos negocios y edificios
más o menos altos. Nos dirigimos, mientras nos ponemos al día (hace mucho que
no nos vemos!) hacia el Nara koen, un lugar lleno de templos históricos y
venaditos.
Lo primero que vemos en un Templo
shintoísta bastante grande, todo de madera, donde se nos acerca un señor que se
identifica como guía voluntario y se ofrece a acompañarnos. Habiendo tenido una
linda experiencia con Matsu en el Castillo de Kanazawa, le decimos que sí. El
señor comienza a hablar de la historia de Japón, del shintoísmo, de la adopción
del budismo, habla y habla y habla muy mal inglés, se pone nervioso, le cuesta
encontrar las palabras, sigue hablando de historia y no nos movemos ni dos
pasos, no nos dice nada de los edificios tampoco, cuando nos invita a entrar al
templo, tratamos gentilmente de decirle que no, para escaparnos de su guía, nos
pregunta de dónde somos, conoce Argentina, habla algo de castellano, nos
despedimos; dejándolo algo ofendido quizás, pero contentos de poder seguir
recorriendo.
Los venaditos aparecen enseguida
en el parque, están por todos lados, son grandes, chiquitos, más gordos, más
flacos. Se dejan tocar, son divertidos; pero sucede algo singular: después de
andar un rato sorprendido por poder estar tan cerca de un ciervo, tocarlo,
mirarlo todo; el hecho de que haya tantos y estén tan acostumbrados a la gente
les quita un poco la magia, es como si fueran perros, o gatos en algún parque
de Buenos Aires.
Seguimos recorriendo el parque,
queremos llegar a la gran atracción de
Nara, el templo Todai ji, la estructura de madera más grande del mundo, que alberga un Buddha gigante de
bronce y oro, es la representación del Buddha cósmico (¿?) el que crea a todos
los otros Buddhas de todos los mundos, e ilumina el universo como un sol.
En el camino primero visitamos el
Nigatsu do, donde a la noche se celebrará el Omizutouri: los monjes suben con
antorchas grandísimas hasta el balcón del templo y dejan caer chispas y la
gente pasa por abajo y es bendecida/purificada. Los monjes se están preparando,
adentro se escuchan cantos, desde afuera se puede espiar, está oscuro así que
da una sensación intrigante escucharlos y ver a penas sus sombras moviéndose en
el interior. Nos quedamos un rato, después subimos al balcón, que tiene una
linda vista del parque y de la ciudad y volvemos al camino.
| Pablo y un venadito con cataratas |
| Guardían de la puerta |
Llegamos finalmente al Todai ji,
el templo es un COSO de madera GIGANTE, una locura, y adentro, ahí está el
Daibbatsu (el gran buddha), es dífcil realmente tomar conciencia de lo grande
que es, pero, para experimentarlo hay una forma; detrás del Buddha, en una de
las columnas del templo, hay un agujero del mismo tamaño que una de sus fosas
nasales, y se dice que si uno logra pasar de un lado al otro, va a obtener la
iluminación, por supuesto, no nos íbamos a quedar con la duda así que pasamos
todos.
| Petit en el Todai ji |
| El Buddha cósmico con los otros Buddhas alrededor |
Eso sí, lo de la iluminación
no sabemos muy bien cómo es, a nosotros
nos gusta pensar que quiere decir que ya no nos van a cortar más luz.
Retomamos camino por el parque,
venaditos aquí y allá, gente por todos lados dándoles de comer, una comiéndose
una cadena, otro una hoja de papel, son graciosos.
| Venadito igual a Bambi |
| Venaditos haciendose mimos |
| Venadito que quiere galletas |
El siguiente templo que visitamos
es el Kasuga-Taisha, famoso por sus cientos de faroles que son prendidos todos
una vez al año, impresionante, parece que ya no hay más, y siguen apareciendo,
hay de bronce, de madera, de piedra, más y más faroles. El camino se mete
dentro de un bosque, no hay nadie, caminamos felices, el paisaje es digno de un
sueño, los árboles, los venados, el sol…
| Algunos, y sólo algunos, de los farolitos |
| Una glicina increíble |
| Más faroles |
El camino da la vuelta y nuevamente pasamos por el templo, algo está
sucediendo porque hay monjes practicando movimientos, enseñándole a unos jóvenes
donde ponerse, cada vez hay más gente.
El parque se hace más despejado,
hay sol y muchos venaditos retozan en el pasto, entramos a comer a un lugar que
nos recomienda la guía de viaje que trajimos, Pablo pide Udon y Ginés y yo
Curry con arroz. Reconfortados, continuamos.
| venaditos, muchos venaditos!! |
| Ginés y Pablo, en algún lugar en Nara |
Compramos heladitos de máquinas
expendedoras. Vamos camino al templo del Omizutori porque parece que hay que
llegar con tiempo, mucha gente va a la celebración. En el camino ya hay puestos
que venden de todos, compramos unos pastelitos de porotos azuqui y de
chocolate, muy ricos.
Ya nos estamos acercando y la
cantidad de gente es impresionante, y también lo es la cantidad de policías, no
entendemos por qué, sacamos conjeturas, divagamos. Tenemos que esperar hasta
que oscurezca para que empiece la cuestión, todavía faltan como dos horas, así
que armados de paciencia y con muchas cosas de que hablar, se pasando el rato.
Cuando por fin cae el sol, a lo
lejos se enciende una antorcha y vemos la llama subiendo y bajando, rápidamente
una escalera laaarga, hasta que sube definitivamente y se asoma al balcón, el
monje la hace girar para que caigan las brasas. Cuando otra antorcha empieza a
subir, la primera corre hasta el otro extremo del balcón, se termina de
consumir, y se retira y la nueva toma su lugar.
Mientras miramos el templo y las
antorchas, la masa de gente se empieza a mover, y entonces entendemos para qué
era tanta policía, nos organizan como si fuéramos una gran fila, y nos vamos
moviendo cuando nos indican, así todas las personas pueden pasar debajo del
templo y purificarse. Genial.
La sensación de estar entre tanta
gente extraña, en una situación tan inusual, con tantos sonidos alrededor (dan
demasiadas instrucciones con los megáfonos, que no podemos entender) es difícil
de transmitir. El Omizutouri está muy bien.
La fila gigante es guiada hasta
la salida y vamos todos, como si fuera el final de un recital, de noche,
saliendo todos para el mismo lado. Cansadísimos de caminar todo el día, bajamos
a la ciudad a buscar un lugar donde comer, después de dar un poco de vueltas
terminamos en una pizzería bonita. Las pizas también son muy chiquitas en
Japón. El baño no se podía creer, así que le hicimos un video.
Nos despedimos de Ginés y como
zombies vamos a tomar el tren, y después el otro tren y llegamos para meternos
en la cama sin pensar en nada más.
Che, la purificación un quilombo! Me quedo con el regalo de luz.
ResponderEliminarGeniales los videos de ustedes pasando por el agujero