domingo, 16 de marzo de 2014

Día 9 - Nara


Bajamos a desayunar, Kiyoko nos recibe con cosas ricas y sonrisas al por mayor. Hoy vamos a Nara, y tratamos de coincidir para encontranos con Ginés, que llegó ayer desde Australia, no es fácil porque sólo tenemos internet en casa de Kiyoko, y él en el hostel, cuando salimos, estamos incomunicados. Lo último que le decime es “estamos saliendo”.
Al llegar a la estación sentimos que nos hablan, es Ginés! Calculó el tiempo que tardaríamos en llegar, y nos fue a esperar, pensando (correctamente) que sería la forma más fácil de encontrarnos. Juntos, empezamos a recorrer las calles de Nara.
La estación es muy bonita, y aunque Nara es un lugar chico tiene un centro con muchos negocios y edificios más o menos altos. Nos dirigimos, mientras nos ponemos al día (hace mucho que no nos vemos!) hacia el Nara koen, un lugar lleno de templos históricos y venaditos.

Lo primero que vemos en un Templo shintoísta bastante grande, todo de madera, donde se nos acerca un señor que se identifica como guía voluntario y se ofrece a acompañarnos. Habiendo tenido una linda experiencia con Matsu en el Castillo de Kanazawa, le decimos que sí. El señor comienza a hablar de la historia de Japón, del shintoísmo, de la adopción del budismo, habla y habla y habla muy mal inglés, se pone nervioso, le cuesta encontrar las palabras, sigue hablando de historia y no nos movemos ni dos pasos, no nos dice nada de los edificios tampoco, cuando nos invita a entrar al templo, tratamos gentilmente de decirle que no, para escaparnos de su guía, nos pregunta de dónde somos, conoce Argentina, habla algo de castellano, nos despedimos; dejándolo algo ofendido quizás, pero contentos de poder seguir recorriendo.

Los venaditos aparecen enseguida en el parque, están por todos lados, son grandes, chiquitos, más gordos, más flacos. Se dejan tocar, son divertidos; pero sucede algo singular: después de andar un rato sorprendido por poder estar tan cerca de un ciervo, tocarlo, mirarlo todo; el hecho de que haya tantos y estén tan acostumbrados a la gente les quita un poco la magia, es como si fueran perros, o gatos en algún parque de Buenos Aires.

Seguimos recorriendo el parque, queremos llegar  a la gran atracción de Nara, el templo Todai ji, la estructura de madera más grande del  mundo, que alberga un Buddha gigante de bronce y oro, es la representación del Buddha cósmico (¿?) el que crea a todos los otros Buddhas de todos los mundos, e ilumina el universo como un sol.

En el camino primero visitamos el Nigatsu do, donde a la noche se celebrará el Omizutouri: los monjes suben con antorchas grandísimas hasta el balcón del templo y dejan caer chispas y la gente pasa por abajo y es bendecida/purificada. Los monjes se están preparando, adentro se escuchan cantos, desde afuera se puede espiar, está oscuro así que da una sensación intrigante escucharlos y ver a penas sus sombras moviéndose en el interior. Nos quedamos un rato, después subimos al balcón, que tiene una linda vista del parque y de la ciudad y volvemos al camino.
Pablo y un venadito con cataratas
Guardían de la puerta
 Llegamos finalmente al Todai ji, el templo es un COSO de madera GIGANTE, una locura, y adentro, ahí está el Daibbatsu (el gran buddha), es dífcil realmente tomar conciencia de lo grande que es, pero, para experimentarlo hay una forma; detrás del Buddha, en una de las columnas del templo, hay un agujero del mismo tamaño que una de sus fosas nasales, y se dice que si uno logra pasar de un lado al otro, va a obtener la iluminación, por supuesto, no nos íbamos a quedar con la duda así que pasamos todos.
Petit en el Todai ji
El Buddha cósmico con los otros Buddhas alrededor




Eso sí, lo de la iluminación no  sabemos muy bien cómo es, a nosotros nos gusta pensar que quiere decir que ya no nos van a cortar más luz.

Retomamos camino por el parque, venaditos aquí y allá, gente por todos lados dándoles de comer, una comiéndose una cadena, otro una hoja de papel, son graciosos.
Venadito igual a Bambi
Venaditos haciendose mimos

Venadito que quiere galletas
El siguiente templo que visitamos es el Kasuga-Taisha, famoso por sus cientos de faroles que son prendidos todos una vez al año, impresionante, parece que ya no hay más, y siguen apareciendo, hay de bronce, de madera, de piedra, más y más faroles. El camino se mete dentro de un bosque, no hay nadie, caminamos felices, el paisaje es digno de un sueño, los árboles, los venados, el sol…
Algunos, y sólo algunos, de los farolitos

Una glicina increíble

Más faroles


El camino da la vuelta  y nuevamente pasamos por el templo, algo está sucediendo porque hay monjes practicando movimientos, enseñándole a unos jóvenes donde ponerse, cada vez hay más gente.


El parque se hace más despejado, hay sol y muchos venaditos retozan en el pasto, entramos a comer a un lugar que nos recomienda la guía de viaje que trajimos, Pablo pide Udon y Ginés y yo Curry con arroz. Reconfortados, continuamos.
venaditos, muchos venaditos!!

Ginés y Pablo, en algún lugar en Nara

 Compramos heladitos de máquinas expendedoras. Vamos camino al templo del Omizutori porque parece que hay que llegar con tiempo, mucha gente va a la celebración. En el camino ya hay puestos que venden de todos, compramos unos pastelitos de porotos azuqui y de chocolate, muy ricos.

Ya nos estamos acercando y la cantidad de gente es impresionante, y también lo es la cantidad de policías, no entendemos por qué, sacamos conjeturas, divagamos. Tenemos que esperar hasta que oscurezca para que empiece la cuestión, todavía faltan como dos horas, así que armados de paciencia y con muchas cosas de que hablar, se pasando el rato.

Cuando por fin cae el sol, a lo lejos se enciende una antorcha y vemos la llama subiendo y bajando, rápidamente una escalera laaarga, hasta que sube definitivamente y se asoma al balcón, el monje la hace girar para que caigan las brasas. Cuando otra antorcha empieza a subir, la primera corre hasta el otro extremo del balcón, se termina de consumir, y se retira y la nueva toma su lugar.

Mientras miramos el templo y las antorchas, la masa de gente se empieza a mover, y entonces entendemos para qué era tanta policía, nos organizan como si fuéramos una gran fila, y nos vamos moviendo cuando nos indican, así todas las personas pueden pasar debajo del templo y purificarse. Genial.

La sensación de estar entre tanta gente extraña, en una situación tan inusual, con tantos sonidos alrededor (dan demasiadas instrucciones con los megáfonos, que no podemos entender) es difícil de transmitir. El Omizutouri está muy bien.

La fila gigante es guiada hasta la salida y vamos todos, como si fuera el final de un recital, de noche, saliendo todos para el mismo lado. Cansadísimos de caminar todo el día, bajamos a la ciudad a buscar un lugar donde comer, después de dar un poco de vueltas terminamos en una pizzería bonita. Las pizas también son muy chiquitas en Japón. El baño no se podía creer, así que le hicimos un video.


Nos despedimos de Ginés y como zombies vamos a tomar el tren, y después el otro tren y llegamos para meternos en la cama sin pensar en nada más.

1 comentario:

  1. Che, la purificación un quilombo! Me quedo con el regalo de luz.
    Geniales los videos de ustedes pasando por el agujero

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