Nos despertamos en Kioto, temprano como siempre. Kiyoko nos prepara el desayuno: Tostadas, fruta, cereal, yogurt, alguna cosa medio facturesca (?) y por supuesto té y café, felicidad toda.
En el living de Kiyoko hay un kotatsu, que es una de esas mesas bajas japonesas que tienen como un mantel frazada, así que una vez que te sentás ahí no querés irte nunca más.
El desayuno se extiende, Kiyoko es simpatiquísima y nos pregunta muchas cosas sobre Argentina y sobre nuestras vidas allá, nos cuenta sobre su familia y sus alumnos, sus huespedes anteriores, todo.
Cuando terminamos con la comida y con la charla, nos vamos para el este de Kioto, el itinerario del día lo armamos con sugerencias de Kiyoko. Queremos ver el bosque de bambú, Kiyoko nos advirtió que no nos hicieramos grandes expectativas porque el camino es bastante cortito, así que ahí vamos, a ver qué es lo que hay.
Es verdad el camino por el bosquecito de bambú es corto, pero muy hermoso, es temprano y por suerte no hay mucha gente, hasta podemos sacar algunas fotos en las que parece que el lugar está vacío, sólo hay que tener algo de paciencia.
Las cañas son altísimas y de un espesor que sorprende.
Finalizado el recorrido emprendemos una caminata que nos lleva a "la montaña de los monos", cuando llegamos al parque no hay un alma por ningún lado, pagamos la entrada y empezamos a subir, porque sí, es literalmente una montaña. La pendiente no es poca y empezamos a preguntarnos si valdrá la pena el esfuerzo, tememos llegar a la cima y que haya dos o tres monos e una jaula, seguimos adelante. Cada tanto paramos a recuperar un poco el aliento. Con algo así como tres cuartos del camino ya recorrido, algo ofuscados con el paseo, vemos algo que se mueve entre los árboles: es un mono!!! La subida se hace repentinamente más sencilla, impulsados por la emoción de ver algunos más. Van apareciendo, por todas partes, están cerca, muy cerca! Cuando llegamos a la cima hay tantos monos que nos los podemos contar, corretean por todos lados, se pelean, algunos son chiquitos y persiguen a sus mamás.
Definitivamente valía la pena, nos quedamos largo rato disfrutando del espectáculo, es como estar dentro de un documental. Los monos, retozan al sol, se acicalan unos a otros, nosotros declaramos un éxito la expedición.
Un rato después ya estamos de vuelta en la base de la montaña, tenemos que volver por donde vinimos, vamos paseando, es un lindo lugar, hay un río, un puente, canoas...
En una esquina, una vidriera con muchas figuras de gatitos nos llama la atención, entramos al local sin saber todavía la magia con la que nos íbamos a encontrar: era un local de cajas musicales! de todas las formas, colores, canciones; increíble!
| todo eso son cajitas musicales con distintos temas, desde el opening de Totoro hasta temas de AKB48 |
Miramos y escuchamos todo minuciosamente, es un lugar mágico de verdad, nos decidimos por esta y aquella y aunque el encanto vuelve muy dificil salir del lugar, lo hacemos, porque todavía queremos ver muchas cosas más.
Damos una vuelta por el barrio y nos tomamos el tren Randen, recomendación de Kiyoko. Es un tren chiquito, que recorre sólo esa zona de la ciudad, tan chiquito que sólo tiene un vagón! las estaciones son muy lindas, en la primera hay una exposición de telas de kimonos, y muchos negocios y cafecitos. Es como es especie de tren de la costa, podés comprar un boleto de día completo y subir y bajar todas las veces, o uno normal, nosotros vamos por lo segundo porque sólo queremos que nos lleve hasta nuestro próximo destino, el Templo Ryoan ji, donde se encuentra el jardín de piedras más famoso del mundo.
| Displays de telas con motivos de kimonos en la estacion del tren Randen |
El templo tiene un jardín (no de piedras, sino de plantas) hermosísimo, así que vale la pena la visita, pero en el jardín de piedras zen hay tanta tanta gente en la plataforma que no se puede apreciar. Igual nos quedamos un rato mirandolo, fantaseando con lo delirante que sería tirar una chancleta al medio de la grava, o desde el otro lado de la pared, una pelota y decir "mala mía".
Para cumplir con el itinerario planeado nos falta otro de los paisajes clásicos de Kioto, el Kinkaku ji o Pabellón dorado, hay que caminar bastante, pero por fin nos toca un día hermoso así que vamos, disfrutando del solcito.
Tambien el Kinkaku ji está lleno de gente, unas cuantas chicas disfrazadas con kimonos que van a sacarse fotos, cientos de extranjeros, estudiantes japoneses, muchísimas personas.
Se disfruta más que el jardín zen porque la circulación está muy bien organizada y la gente es respetuosa así que hay espacio para mirarlo y sacarse la fotito de "acá estuvimos".
Cedemos ante la presión y le pedimos a una señora que nos saque una foto, le damos la cámara, nos dice como nos tenemos que acomodar, sospechamos que la foto no va a ser como la esperábamos, cuando nos devuelve la cámara no pide que nos fijemos qué tal, los dos hacemos nuestro mejor esfuerzo por contener la carcajada y le decimos que es genial, que muchas gracias.
Dejo la foto, para el deleite de todos.
Terminamos de recorrer el jardín y comenzamos el regreso, es una caminata larguísima hasta la estación del tren y nos perdemos un poco, cuando pedimos instrucciones todo el mundo nos dice que tomemos un colectivo, que es demasiado lejos; un señor nos asegura que queda como una hora a pie, seguros ya de que vamos en la dirección correcta decidimos seguir caminando un poco más, si nos cansamos, tomamos el colectivo. 15minutos más tarde llegamos, caminando, la estación.
Nos bajamos del tren para seguir caminando unas cuantas cuadras hasta dar con el Museo del Manga, que aunque la guía de lonely planet decía que cerraba a las 8, ya está a punto de cerrar (son las 6), un mapa nos dice que haciendo un par de cuadras más podemos llegar al Museo del Kaleidoscopio y hacía allá vamos, pero claro, también está cerrado.
Algo frustrados y muy agotados de tanto caminar, nos refugiamos en un café para descansar un poco. Las porciones de torta en Japón son muy pequeñas.
Medianamente recuperados volvemos a caminar hasta la estación para ir a lo de Kiyoko, Pablo se compra Onigiri en un Seven Eleven y yo repito fideos que quedaron de ayer.
Después de comer, se nos une Kiyoko que estaba dando clases, lo ve a Pablo tomando cerverza y se va a buscar algo a la alacena mientras nos dice "acá la cerveza la acompañan con..." y le entrega un cuenquito con maní con cáscara, nos divertimos todos: igual que allá!!!
Hablando de beber y otras cosas, Kiyoko nos convida sake y también unos porotos que a veces reemplazan al maní. Después de una larga charla nos vamos a la cama, mañana nos vamos a Nara, y cuento venaditos para quedarme dormida.
Estuvieron demasiado amables en no pedirle a la señora de la foto que probara otra vez (con menos extraños y más templo en el cuadro).
ResponderEliminarExcelentes los monos y el comentario sintético sobre el descanso en el café :P
Que siga la gira!
Esa estampa de crisantemos! Esos monitos haciéndose mimos!! Esos bambuses gigantesssss
ResponderEliminarQuiero ver los venaditos de Nara, onda... AHORA
ah, si, y tráiganse un kotatsu para el living, me voy a vivir ahí.
ResponderEliminarAmé las cajitas musicales! Que lástima que el museo del caleidoscopio estaba cerrado, debe ser muy lindo!
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